Artículo 3. Inmadurez y toma de decisiones

Hamlet-Hz-2

¿Se imagina alguien a un Hamlet representando el papel de un juez en el teatro de Elsinore? Hamlet podría considerarse el ejemplo paradigmático de la pasividad a la hora de tomar decisiones, ¿ser o no ser?, una excesiva reflexión y análisis a fin de mantenerse en una duda infinita que no produce ninguna acción provechosa. ¿A qué tipo de personalidad obedece realmente esta inmadurez tan acusada?, ¿Qué rasgos determinan una acertada toma de decisiones a la hora de emitir un juicio?, ¿Hasta qué punto estamos condicionados por nuestra personalidad?

Obviamente existen multitud de rasgos de personalidad que entran en juego e influyen enormemente en nuestra conducta: exceso de inseguridad, carencia de pragmatismo, idealismo fantasioso, baja autoestima, falta de autonomía, dependencia, parálisis, visión estrecha de la realidad, perfeccionismo innecesario, falta de inteligencia, etc. No obstante, nos vamos a detener en dos cuya influencia es decisiva y crítica en esos momentos de discrimen romano: el autoconocimiento y la capacidad para desarrollar criterio.

El primero nos proporciona una adecuada visión de nosotros mismos, nos sitúa en la realidad respecto a los demás y al entorno, nos habla de nuestros límites, cualidades o grado de inteligencia, por citar los más significativos. Quien no se conoce bien a sí mismo, es muy difícil que tenga capacidad para opinar, emitir juicios o decidir tanto acerca de sí mismo como de otros. Y, en el caso que así lo haga, con toda probabilidad se aproximará más a una decisión incorrecta que a una madura. Aquel juez que reflexiona sobre el ser o no ser de un acusado tendrá que emitir sus juicios desde posturas de seguridad y criterio, propias de un ser maduro, analítico, con amplia visión y responsable de sus conductas; de lo contrario las arenas de la inmadurez ahogarán sus actos tarde o temprano.

Cuando decimos que una persona tiene criterio ante los hechos, estamos argumentando que es capaz de entender su entorno, formarse ideas de lo que acontece a su alrededor, desarrollar sentido crítico, ser permeable al contexto pero sin ser dependiente del mismo, aprender con él, analizarlo e interiorizarlo, y, en suma, evolucionar y mejorar lo existente, siendo finalmente capaz de generar una opinión. Por el contrario, el inmaduro carece de ideas propias, se basa en la rutina y lo conocido, suele permanecer en posiciones rígidas o anquilosadas y, como máximo, realiza análisis superficiales y simples sobre la realidad que le ha tocado vivir. La ausencia de de criterio le obliga a mostrarse reactivo, influenciable y casi siempre obedece a convencionalismos establecidos.

Un juez inmaduro puede apoyarse en cualquiera de los rasgos descritos y conducir su decisión final por el castillo de Elsinore, como Hamlet conducía su mirada perdida buscando una respuesta a su propia existencia dentro de un permanente estado dubitativo.