Artículo 2. Inmadurez y evolución humana

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Einstein solía decir que hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y de la primera no estaba muy seguro. Si hablamos de personalidad y comportamientos humanos, yo considero que la inmadurez es permanente y creo que podemos asegurar que sí estamos bastante seguros de ello.

El desarrollo intelectual y la madurez emocional van desarrollándose lentamente con el paso de los años, las experiencias acumuladas, los intercambios sociales y los aprendizajes que vamos interiorizando. Sin embargo, este proceso no termina nunca y no está aislado de contaminaciones. Me refiero aquí no exclusivamente a las ambientales y externas sino también a las que hemos acumulado a la largo de la evolución humana.

Si acudimos a la historia de la evolución del hombre, sin necesidad de remontarnos a la época pre-homínida, podemos asegurar que nuestros antepasados más directos existieron desde hace aproximadamente unos 4,5 millones de años. Como homo sapiens nuestra presencia en la tierra apenas supera los 120.000 años de antigüedad. Muchos paleontólogos y antropólogos han apoyado la teoría de que la evolución se sustenta en constantes desarrollos intelectuales derivados del enfrentamiento a nuevos desafíos, tales como el abandono de los bosques para cruzar la sabana, penetrar en zonas menos protegidas de los predadores, atreverse a vivir en climas fríos del norte, buscando cobijo lejos de los temibles osos cavernarios, etc., mientras se estanca entre aquellos que deciden permanecer en su zona de confort, es decir, en los lugares conocidos, cálidos y seguros.

Todos estos pasos, decisiones, asunción de riesgos e iniciativas tenían como objetivo la creación de los primeros desarrollos cerebrales, los cuales luego darían lugar a las funciones superiores del pensamiento. Sin embargo, no fue hasta hace bien pocos años, si hablamos en términos de tiempo paleontológico, cuando en nuestro cerebro aparece una zona nueva denominada neocórtex. Esta zona cubre casi toda la corteza cerebral, así como un notable desarrollo del lóbulo frontal, área clave para comprender las conductas humanas. El lóbulo frontal es el responsable de funciones psíquicas típicamente humanas; no sólo controla los mecanismos del habla sino que de ella dependen el control de las emociones, la concentración, la memoria, la planificación de acciones, la anticipación, la capacidad de concentración, la toma de decisiones o la integración de experiencias y aprendizajes.

Este proceso denominado encefalización nos hace ciertamente más humanos y nos diferencia del resto de especies. Sin embargo este proceso es todavía muy reciente y tiene que enfrentarse a los varios millones de años de primitivo cerebro, más orientado a la supervivencia y a las funciones básicas propias de los animales. Por tanto, nos vemos obligados a poner en juego funciones superiores para contrarrestar dichos efectos. Así, por ejemplo, empleamos el control emocional, la reflexión y la inteligencia que hemos adquirido para actuar con madurez, interiorizamos los aprendizajes, perfeccionamos nuestras relaciones y aprendemos a socializar. No obstante, esta lucha es todavía desigual, pues los impulsos primarios asentados durante toda nuestra evolución en el sistema límbico deben convivir con las demás funciones superiores propias de los últimos estadios del homo sapiens”.